Siempre sentí curiosidad por la capital alemana y me autoprometí que sería de las primeras en mi lista cuando por fin conociera Europa. Y así fue: llegué una madrugada, no me animé a tomarme el subte sola por el miedo que me daba no entender ni siquiera lo que intentaba leer, e hice que mi amigo Felipe me abriera la puerta de su casa en plena noche y después de más de tres años sin vernos.
Berlin a primera vista sólo me generó curiosidad con respecto a las botellas acumuladas en cada cuadra, nada mas.
El efecto principiante en Europa se apoderó de mí desde el momento cero. Me dejé sorprender en cada esquina y cada cuadra visitada tanto en Barcelona como en París y no esperaba menos de mi tercer destino. Lo que no sabía era que éste me tenía preparadas sorpresas muy diferentes. Como dijo el guía del free walking tour al que me anoté (un must para los que viajan con presupuesto acotado, pocos días y mucha curiosidad por destino), "la magia de Berlin está en la historia que se esconde en sus calles".
Definitivamente no voy a ponerme densa con historia de la Primera y la Segunda Guerra Mundial y la post guerra con el protagonismo del Muro y demás, solamente porque no me siento preparada para ser quién la cuenta aunque quedé completamente obsesionada con seguir leyendo e investigando.
El dato que voy a compartir y que llamó mi atención es el de las botellas. Primero porque me sorprendió como todo el mundo toma alcohol por la calle, algo no tan común ni permitido en otros destinos. Segundo porque varios inmigrantes con los que hablé me contaron que para muchos su primer trabajo en Berlín fue el de juntar botellas de vidrio por la calle para ir a los supermercados y cambiarlas por plata...win-win: los ciudadanos limpian las calles y obtienen plata a cambio, trabajo digno y asegurado. Así que si estás por Berlín y ves una botella en la vereda: no la levantes!! Está ahí para el que necesita esa moneda para poder comer.
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