Sola estaba la luna con su entera redondez cuando recorrimos la cuadra y media que nos separaba de la playa, con los ojos todavia un poco pegados y ese aire tan puro particular no sólo del lugar sino de la hora. Pusimos los pareos en la arena fría y mientras esperábamos dos gaviotas nos entretuvieron con su show, una especie de coreografia no programada, un juego de a dos con idas y vueltas tocando el mar para desaprecer por fin en el horizonte y dar paso al espectáculo sublime de los rayos apareciendo atrás de los morros ya iluminados.
A nuestra espalda había quedado la luna, dejando caer su protagonismo nocturno con la promesa de volver esta noche, igual de entera, redonda, llena.
Un avión se animó a dibujar su rastro en el cielo ya celeste y con la totalidad del sol sobre mar y naturaleza empezó un nuevo día.
No hay comentarios:
Publicar un comentario